domingo, 20 de enero de 2008

LOS PRIMEROS DÍAS

Después de muchos años de andanzas, aventuras y desventuras por Nepal me iba dando cuenta de la vida real en este maravilloso país. Mucha belleza en sus montañas, pero mucha miseria con sus habitantes. Poco a poco me fui introduciendo en sus dolores y sus desventuras.

Algunos años los pasé, en un centro de la Madre Teresa de Calcuta en Pashupati, ayudando a los ancianos desamparados a lavarse, a darles de comer, a vestirles y en muchos momento ayudarles a morir.

He vivido situaciones que rompen esquemas : Uno de los ancianos no controlaba los esfínteres, y que mejor sitio que durmiera en un camastro en el water o curar heridas de un paralítico que pasaba horas y horas bañado en el orín ( 12 horas +/- ) hasta que le lavaba y le curaba... hasta que me planté y exigí que se le pusiera una sonda. La sonda la tuve que ir a comprar yo, y las monjitas no querían ponérsela ya que se trataba del órgano sexual masculino y las producía repelús.

Se lo puse.

En pocos días, se le empezaron a hinchar las piernas y una mañana cuando llegué a cumplir con mi labor diaría , me le encontré con una manta que le cubría todo el cuerpo. Había fallecido. Sus pertenencias no llenaban un puño.

A las pocas horas, se incineró su cuerpo a no menos de 50 mtrs , a las orillas del Bagmati, rio sagrado, y el humo de su incineración impregnó toda la zona.

Interminables experiencias, que no entrarían en este formato, pero que se me han quedado en la memoria.

Días antes de dejar Nepal, me enteré de una historia que me dejó helado. No entendía nada. Después de tanto tiempo viajando a este maravilloso país me dí cuenta que había estado ciego. Era la ceguera del amor.

Me contaron que allí cerquita, una señora acogía a niñas enfermas de Sida que lo habían contraído en los burdeles de la India, después de haber sido vendidas a la prostitución. Pero cuantos años tenían? Entre 12 y 16.... Cómo?... Qué es esto que me estáis contando....

Me quedaban pocas horas de estar en Nepal y había que volver a casa.
Durante todo un año estuve recabando información sobre estos sucesos tan tremendos que nunca me pude imaginar.

De vuelta en Katmandú, un año más tarde … ( 1998 )

Había que poner manos a la obra, y sin perder mucho el tiempo me dirigí a unos de los barrios pobres de Katmandú, a orillas del sagrado río Bagmati y no muy lejos de Pashupati. Allí busqué y busqué hasta que di con Maiti Nepal. Pedí encontrarme con su directora Anuradha Koirala. Una menuda mujer que decidió enfrentarse a una situación dura y complicada : luchar contra la prostitución infantil.
Hacía muy poco que habían comenzado esa cruzada. Le pregunté que podía hacer y me dio a elegir entre trabajar con niños o con las chicas mayores que recientemente abían sido rescatadas de la prostitución en India. Un alto prcentaje de ellas era portadora del VIH. Sin pensarlo dos veces me decidí por las mayores.
Era un reto importante. Eran las más difíciles. Su futuro era incierto y el Sida llamaba a sus puertas.
Desde el primer momento en que me encontré con ellas, me quede prendado de sus miradas y hasta ahora, que ya han pasado 9 años.
Me enteré que en Nepal, entre 5000 y 7000 mujeres y niñas desaparecen en Nepal siendo víctimas del engaño, con falsas promesas de trabajo para ser vendidas en los burdeles de la Indía. Han de pasar al menos 5 años, hasta que paguen lo que la “madam” pago por ellas. Por sus cuerpos llegan a pasar entre 40 y 50 hombres por día.
En un porcentaje alto, contraen enfermedades de transmisión sexual como la sífilis, la gonorrea y en los últimos años el VIH. Ni que decir tiene que a partir de este momento su vida se nublará para siempre, ya que no serán aceptadas entre sus familias ni en sus pueblos de origen.
En Maiti Nepal, parece que encuentran un refugio.
Para poder romper el hielo, se me ocurrió enseñarles a hacer magia. La barrera del idioma se rompió, y desde ese instante me dejaron entrar en sus corazones.
Todo tipo de experiencias dolorosas. A cual peor.
Todos los días, cuando las dejaba y yo me retiraba a mi hotelito, me iba caminando, casi una hora y la utilizaba para reflexionar e interiorizar tanto dolor.

Había grandes y pequeñas. Mujeres hechas y derechas, jóvenes, adolescentes, niños/as y bebés. Entre tantas había una niña, que no levantaba más de tres palmos del suelo. Ojos grandes, rechonchita, pelo negro, juguetona y con una sonrisa permanente, que siempre me buscaba para acercarse a mí y agarrarse a mi pierna. Apshara ( pequeño ángel ) me habría de marcar para el resto de mi vida.

Pasaba los días y siempre ocurrían cosas en Maiti. Los días llegaban a ser estresantes. Muchas cosas que hacer. Recuerdo que poco antes de volver a Madrid, me enteré que estaban a punto de interceptar un autobús, donde viajaban 23 niñas. Las habían engañado. Las sacaban del país, para después volar desde India hasta el Golfo Pérsico y allí hacer labores de esclavas.
En el patio de la escuela de Maiti Nepal me encontré con ellas así como con los secuestradores. Una imagen inolvidable. Las pertenencias de las niñas se limitaban a unos pequeños álbumes de fotos de su familia y sobres en blanco para poder mantener correspondencia. No tenían ni idea del infierno a donde se dirigían.

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